Introduction aux pages « Tradition »

Dimanche 15 mars 2009, par Charles RIDOUX // 5. Tradition

Conocer la obra de René Guénon implica ciertos riesgos. Es un don incomparable y una prueba peligrosa a su vez. Esta obra proyecta tal claridad sobre el estado del mundo actual que un lector impresionable puede verse tentado por una forma de desesperación o, por el contrario, henchirse de orgullo al contarse entre ’los que saben’, y acabar por despreciar a todos sus contemporáneos. Pero, por otro lado, la lectura de Guénon ha llevado o devuelto a la fe a más de uno de sus lectores y, por mi parte, la considero como una obra providencial y ’un signo de los tiempos’, en mayor medida todavía que la obra de Dante, que cerró la Edad Media occidental. Tuve conocimiento de René Guénon, del que ignoraba incluso su existencia, de manera fulgurante, a través de una emisión de France-Culture en la primavera de 1984, la compra inmediata, aconsejado por un amigo desgraciadamente desaparecido, de su libro Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada, y la lectura de casi toda su obra el verano siguiente, en una especie de retiro apacible en una casa rural del Morvan. Tras Guénon aparecieron los ’guénonianos’ que a veces han aclarado la obra del metafísico, y otras la han oscurecido con las inevitables querellas que invariablemente nacen entre los epígonos. Siempre me he mantenido cuidadosamente al margen de cualquier camarilla, recordando la máxima siguiente : ’Cuando el sabio señala las estrellas, el necio mira el dedo’. Es de esta guisa como entiendo la función de Guénon, como alguien que señala el Polo, pero al que no hay que confundir con el Polo. Y siempre he recordado que el propio Guénon se negaba categóricamente a aparecer como un ’maestro’ ante nadie, y a tener ’discípulos’. Esto no impide que su enseñanza sea de una riqueza sin comparación posible con cualquier otra de nuestro tiempo, y siempre me ha entristecido el comentario de Gide, que reconocía la verdad de su doctrina y se declaraba a la vez impotente para renunciar a sus propias ideas. Encontramos aquí el patetismo de la parábola del hombre joven justo y de buena voluntad, pero que no tiene el valor de renunciar a sus riquezas para seguir a Cristo. Una obra recientemente publicada de Xavier Accart, con prefacio de Antoine Compagnon, permite tomar conciencia a la par de la amplitud de la influencia de Guénon entre los intelectuales franceses del siglo XX y de los límites de su compromiso con vistas a la restauración de la Tradición.

Entre los epígonos de René Guénon, mi interés y simpatía tienden con toda naturalidad hacia la corriente que podríamos calificar, a falta de algo mejor, de ’el esoterismo cristiano’. Durante el Coloquio organizado en 1986 por Louis Pauwels con motivo del centenario del nacimiento de René Guénon, conocí a Jean Phaure, que más tarde se convirtió en un estimado y respetado amigo. He podido apreciarle en los cursillos de astrología de Laval, que organizo junto a Philippe Lavenu, así como en su centro del ’Pèlerin de Paris’. Mi interés residía en particular en los estudios relativos a la ciclología tradicional, a la que me había introducido la lectura de Guénon y del libro de Jean Phaure titulado Le Cycle de l’humanité adamique. En este ámbito, principalmente tres nombres van a dejar una impronta en mis envestigaciones : el de Gaston Georgel, émulo directo de Guénon, inspirado en su artículo en homenaje de Ananda K. Coomaraswamy, en el cual introduce a la doctrina cíclica tradicional ; el de Vlaicu Ionescu, al que considero como uno de los pocos exégetas serios de la obra de Nostradamus, que el sabio rumano vincula a la tradición profética y a la Apocalipsis de San Juan, y el de Raoul Auclair, en el que la exégisis se apoya esencialmente en los textos proféticos de la Escritura Santa, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En el seminario de astrología mundial que doy desde enero de 2007 en París, empiezo a vislumbrar la posibilidad de establecer un vínculo entre astrología mundial y ciclología tradicional, y me parece que en los próximos años mis trabajos en este campo han de evolucionar en ese sentido, si Dios quiere…

París, 16 de marzo de 2008
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